Esto no es una crítica: Nicolas Jaar en Chile

Antes de contarles cómo fue mi experiencia en este concierto debo aclarar que el tomar media dosis de LSD te hace ver las cosas de otra manera, con mayor pasión e intensidad, apreciando cada segundo de cada canción. Una hora antes de comenzar el recital estaba en la terraza de la Cúpula, cuando se me acercó un amigo muy querido, quién nos ofreció un maravilloso zucchini deshidratado que contenía una gota de ácido. Es por este motivo que mi relato se verá influenciado por todas las emociones y sensaciones que este estado de inconsciencia provoca junto a la música.

Después de una hora de haber comido el zucchini, las primeras sensaciones comenzaron a llegar. El estómago es el primero en ser notificado, y las emociones, el exceso de dopamina se manifestaban como una cosquilla incesante que no dejaba de recorrer mi cuerpo. La felicidad y la sonrisa dibujada en la cara se apoderaban de mí, ya no había vuelta atrás y el cuerpo ya necesitaba la música vital.

Eran cerca de las 10:30 de la noche y Tomás Urquieta terminaba un set lleno de sonidos industriales, denso de ruidos de las calles, de las construcciones, del movimiento constante de las ciudades; un discurso muy político, que elige visibilizar espacios silenciados o nunca tomados en cuenta. Éstos me atrapaban y a veces me asustaban, muy al estilo del trabajo de Urquieta.

Después de un rato de risas y espera, las luces caen al igual que la mala música elegida por la productora para el intermedio entre los shows.

Lo primero que escuchamos de Nicolás es un: “Gracias por venir”, consciente que este era su segundo concierto oficial en el país. Yo no conozco mucho sobre la vida de Nicolás más allá de lo que cuenta Wikipedia: que su vida ha transcurrido entre la influencia cosmopolita de venir de una familia con raíces multiculturales, en que destaca la figura de su padre, un reconocido artista y arquitecto. Aunque no es un artista radicado en su país de origen, ni tampoco es donde ha vivido gran parte de su vida, su discurso me recordó muchos momentos comunes de la infancia e historia de cualquier niño en Chile. Esos momentos de jugar en la calle, de videos familiares grabados en VHS, de viajes a la playa en familia y cenas de Navidad. No sólo están en la memoria de Jaar, sino además en recuerdos colectivos de los que nos llamamos chilenos, de los que nos llamamos latinos.

Su live set avanzaba, al igual que la intensidad de sus sonidos. Comienza a sonar “NO, y no dejaba de concentrarme en la intensidad de sus letras; “Ya dijimos NO, Pero el Sí está en todo…No hay que ver el futuro para saber lo que va a pasar…” me hacía sentirme interpelado, mirarme introspectivamente y finalmente me impulsaba a actuar. Mi mente no dejaba de viajar, lo que materializaba finalmente bailando, sacando todo a través del movimiento.

Pero Jaar no dejaba de sorprender. Su viaje musical continuaba, al igual que la variedad de sus sonidos. De un momento a otro nos transportaba de una intensa atmósfera ambiental, a emprender unos segundos en un trance, un “tranceo” intenso que la diversidad de público no esperaba, pero esta es una de las gracias de Jaar: no es un artista a quien se puede encasillar en un estilo específico de música electrónica, sino que no tiene miedo en hacer un live set diverso, rico en sonidos que sin duda son bien recibidos.

Pero el viaje no terminaba ahí, y las atmósferas que generaban no dejaban a nadie indiferente. Jaar tiene un momento para todo: para bailar, para perderte y también para contemplar. Muchas veces su música era el momento perfecto para sólo admirar, y sólo podía concentrarme en los sonidos, a rato olvidaba el baile para sólo abrir los oidos. Cuando más nos tenía arriba llegó un momento que a la mayoría de los presentes les caló hondo. Su interpretación del clásico «Mi viejo», del argentino-italiano Piero, fue quizás el momento más emocionante de la noche. Esta es una canción de 1969 que sin duda Jaar ha logrado re interpretar, dándole un nuevo sentido para las generaciones más jóvenes, que escuchan una versión cargada de emociones. Nuevamente vinieron recuerdos de niñez, días en la casa de mis padres donde sonaba esa canción como banda sonora de días y de tardes de infancia, quizás pintando o revisando fotografías familiares. Al mirar a mi alrededor durante el concierto, me di cuenta que no fue solamente mi historia la interpelada, sino que muchos también fueron tocados y las lágrimas cayeron en más de alguno.

Este ha sido sin duda uno de los viajes más intensos de los que he vivido. Gracias a Jaar confirmé una vez más que la música no es necesariamente un instrumento de liberación a través de la pista de baile, sino también de contemplación de sonidos que calan profundo en nuestras emociones, en nuestra constante construcción como individuos, en nuestra historia. Esto queda claro en los últimos trabajos de Nicolás; su propia historia fue expuesta y compartida con todos los que estábamos ahí. Creo que nadie quedó indiferente a los sonidos y la experimentación de Jaar. Fue un viaje intenso. Nada más que agradecer a este artista por ser honesto y entregar tanta vulnerabilidad con su música.

Finalmente los sonidos se fueron diluyendo, como también el impecable y delicado juego luces comenzó a apagarse, mientras nosotros nos mirábamos las caras resignadas aún afectadas por tanta emoción. El concierto había terminado, pero nuestro viaje todavía no.